Una Rosa De Mar Para La Duquesa Extra Escena

—¡Ahí está! ¡Es la sirena, ha vuelto a sonar! Date prisa, amor mío, o no llegaremos a tiempo de verlo. Ay, las mujeres... ¿Quieres que te lleve en brazos?
Odelia sonrió ante la resignación que percibía en la voz de su esposo. Llevaban veinte años casados y lo conocía mejor que nadie. Si le decía que sí, la alzaría sin vacilar un solo instante. Sin importarle el decoro ni la multitud que aquel día abarrotaba el puerto.
Bien era cierto que las cosas ya no eran como antes. Mucho había cambiado en Inglaterra a lo largo de dos décadas. Muchas normas empezaban a volverse menos rígidas. Aun así, se levantaría más de un murmullo si Arnold decidía cumplir su palabra.
Aceleró el paso y se reunió con él para abrirse camino entre la multitud.
—Créeme, querido esposo, hago cuanto puedo. No es culpa mía que el puerto esté hoy atestado de gente. Al fin y al cabo, parece que no somos la única familia que desea despedirse de un ser querido.
—Deberíamos haber llegado antes, pero no acababas de decidir que ya habías guardado suficientes cosas para que le durasen toda una vida —insistió él.
—Naturalmente que no. Al fin y al cabo, es mi hijo. Las madres reservamos un lugar especial en el corazón para nuestros hijos, ¿acaso no lo habías oído?
—Tú reservas un lugar especial en el corazón para todos tus hijos, querida. Nicholas no es distinto.
—Ah, bueno, entonces supongo que debería alegrarme de que jamás puedan acusarme de favoritismo. Su voz sonaba jovial, revestida de inocencia. Era un tono que utilizaba a menudo cuando se proponía poner a prueba a su esposo, aunque siempre de manera juguetona.
La sirena volvió a sonar en aquel momento, haciendo que Arnold se tensara a su lado.
—Tres avisos más y zarparán.
—Ya casi hemos llegado, amor mío, no te preocupes. Llegaremos a tiempo.
Reconociendo por fin la urgencia de la situación, abandonó sus bromas y se mantuvo junto a su esposo. Juntos se abrieron paso entre la multitud y llegaron al Blue Seal justo a tiempo.
El gran navío estaba lleno de jóvenes con impecables uniformes de la Marina Real, preparados y ansiosos por servir a su país. Por todas partes había padres despidiéndose de sus seres queridos.
Guiada por su instinto maternal, Odelia recorrió la multitud con la mirada en busca de unos familiares cabellos rubios.
Pronto divisó al hijo con el que el buen Dios los había bendecido a Arnold y a ella. Él debió de percibir su presencia, como tantas veces le sucedía a su padre, pues se volvió en aquel instante y sus miradas se encontraron.
Sus labios se curvaron en una sonrisa que le hizo doler el corazón. Se había enamorado de aquella sonrisa más de veinte años atrás. Ahora la veía en el rostro de dos hombres. Pobre de ella.
Nicholas y su padre... Bastaba una sonrisa para desarmarla por completo. Era incapaz de negarles nada cuando la sonreían de aquella manera. Ambos lo sabían y a menudo utilizaban aquel conocimiento en su propio beneficio.
Enseguida tuvo a su hijo delante. El niño que había llevado en su vientre, al que había criado y visto convertirse en un hombre. Cada vez que lo miraba, la invadía el asombro.
Parecía que hubiese sido apenas el día anterior cuando despertó en aquel barco sin recordar quién era. Y, sin embargo, también parecía haber sucedido hacía una eternidad. Todo aquel tiempo la había conducido hasta allí.
Habían sucedido tantas cosas desde entonces. Tantas. La habían capturado de nuevo, había descubierto quién se hallaba detrás de la muerte de sus padres, había luchado por su libertad y había vencido; se había casado con el hombre que, cada bendito día, hacía cantar de alegría su corazón.
Todo el dolor de su pasado y todo cuanto había perdido se habían desvanecido gracias a sus cuidados y su amor.
Y, por si fuera poco, habían sido bendecidos con dos hijos maravillosos: Nicholas James Reynes y Cecilia Rose Reynes.
Aún podía recordar con toda nitidez aquella velada a bordo del Sea Rose. Revivía en su memoria cada bendito día. Había sido uno de los días más hermosos de su vida.
Todo había sido precioso: las flores, los faroles... Arnold. Y todas aquellas personas que se habían congregado por ellos. Todo había sido mágico. Había flotado entre nubes mientras pronunciaba sus votos, cautivada por los ojos del único hombre al que era capaz de ver.
Cuando los declararon marido y mujer, había sentido una dicha y una paz que jamás podrían ser superadas... o eso había creído.
Pero qué decir del millón de mariposas que había estallado en su corazón los días en que sostuvo en brazos a sus hijos recién nacidos. Arnold había permanecido junto a ella en todo momento. A cada paso del camino.
Durante las dos décadas pasadas, le había demostrado cada día que la felicidad no conocía límites y que el amor siempre podía hacerse más fuerte.
El Señor la había bendecido con el mejor de los hombres. Un hombre honorable y noble. Un esposo cariñoso y un padre entregado. No albergaba la menor duda de que habían sido hechos el uno para el otro.
De que, pese a las circunstancias, el destino los había unido.
Por eso lo amaba con la misma intensidad con que él la amaba a ella. Con todo su corazón y toda su alma, y aquello hacía que todo resultara aún más perfecto. Había días malos, por supuesto, pero nunca lograban eclipsar los buenos. Por cada noche lluviosa disfrutaban de cientos de días soleados.
Había sido verdaderamente bendecida.
—¡Madre! ¡Padre! ¡Habéis venido!
Odelia rio entre dientes cuando Nicholas la estrechó entre sus brazos y la besó en las mejillas. Ella apretó una de las suyas contra la cabeza de él, aunque tuvo que ponerse de puntillas. El muchacho era tan alto como su padre.
Se parecía a él en el corazón, en los rasgos y en el físico. Cecilia, su hermana mayor, había salido a su madre.
—Claro que hemos venido, querido. Dijimos que lo haríamos. ¡Sabes que siempre cumplimos nuestra palabra! —exclamó al separarse de él.
—Por no mencionar que era nuestro deber estar presentes. Nos has hecho sentir muy orgullosos a tu madre y a mí, hijo. Sabemos que seguirás haciéndolo.
La voz de Arnold sonaba serena, como siempre. Aún provocaba que un escalofrío le recorriera todo el cuerpo. Su ruiseñor.
—Solo espero seguir tus pasos, padre.
—Sí, lo sé. Aunque eso es encomiable, nunca debes olvidar mis enseñanzas. Es bueno que un hombre recorra el sendero del bien; mejor aún es que abra su propio camino, para que otros también puedan seguirlo.
—Así lo haré, padre. Tienes mi palabra —prometió Nicholas con solemnidad.
Arnold asintió y dio a su hijo unas firmes palmadas. Aquel intercambio humedeció los ojos de Odelia.
Tomó el rostro de su hijo entre las manos y contempló sus ojos grises, el único rasgo que había heredado de ella.
—Un hombre vale tanto como su palabra. Sé que tú eres uno de esos hombres, Nicholas. Te echaremos muchísimo de menos. La voz se le quebró al terminar, y tuvo que contenerse para no derramar las lágrimas que le nublaban la vista.
Solo tenía dieciocho años. Sin embargo, cuando expresó su deseo de ingresar en la Marina, no habían sido capaces de impedírselo. Los llenaría de orgullo; Odelia estaba segura de ello. Solo deseaba que su pequeño no tuviera que marcharse tan pronto.
Cecilia se había casado apenas cuatro meses atrás, nada menos que con el hijo de Mannington. Era una unión que ambas parejas de padres habían bendecido de todo corazón. Con Nicholas rumbo a la Marina, se sentiría muy sola.
Volverían a estar solos Arnold y ella. Aunque no creía que fuese a resultar tan terrible. Tal vez les brindaría ocasiones de sobra para volver a enamorarse el uno del otro.
—No me ausentaré mucho tiempo, madre. Por muy lejos que vaya, siempre regresaré a tu lado.
Sus palabras la hicieron sonreír. —Ahora eres dueño de tu destino y debes abrirte tu propio camino. Nunca estuviste destinado a permanecer con nosotros para siempre. Algún día regresarás junto a tu propia esposa y tu propia familia. Te echaremos de menos, sí. No obstante, siempre rezaremos para que navegues hasta más allá del horizonte.
La sirena resonó por última vez y supieron que había llegado el momento de soltarlo.
Sin más palabras que pronunciar, pues ninguna hacía falta, Odelia atrajo a su hijo hacia sí y lo abrazó con fuerza.
Cuando se separaron, Arnold hizo lo mismo.
Ver a padre e hijo tan emocionados estuvo a punto de quebrarla.
Aquel hermoso momento la transportó de nuevo a la boda de Cecilia. Cuánto habían llorado al acompañar a su hija hacia su nueva vida, hacia su nuevo hogar.
Finalmente, se separaron.
Por todas partes brillaban ojos llenos de lágrimas mientras los muchachos se alejaban para formar filas.
Uno tras otro, los padres comenzaron a marcharse. Ya se habían pronunciado sentidas despedidas; había llegado el momento de dejarlos partir.
Arnold rodeó a Odelia con los brazos y la condujo de allí.
Se volvieron para mirar. Todos los hombres, ataviados con los hermosos colores de la Marina, formaron una fila y saludaron a sus familias.
Era, en verdad, un espectáculo hermoso. Odelia y Arnold permanecieron allí mientras el barco comenzaba a alejarse. No se marcharon hasta que desapareció en la distancia.
—La primera vez que estuve aquí, era yo quien zarpaba y se despedía de su familia —dijo él, rompiendo el silencio.
—Será igual que su padre —murmuró Odelia.
—No, querida esposa. Será aún mejor. Hará grandes cosas, ya lo verás. Algún día también él será recordado: Nicholas Reynes, capitán de su propio navío.
—Sí. De eso no me cabe ninguna duda.
Se hizo otro prolongado silencio. Entonces, al escapársele un suspiro de los labios, ella le puso fin.
—Y volvemos a ser dos.
—Tal como empezamos. Ahora, querida esposa, regresemos a nuestro hogar, donde tengo intención de amarte eternamente. Tal vez podamos tener más hijos para mantenerte ocupada, si así lo deseas —bromeó.
La ocurrencia la hizo reír. —Después de todos estos años, Arnold, aún consigues que tiemble de amor por ti.
Él se detuvo frente a ella para mirarla a los ojos.
—Después de todos estos años, Odelia, aún consigues que tiemble con una sola mirada. ¿Es que no lo ves? Yo soy tuyo y tú eres mía.
—Para siempre —respondió ella, pues aquel era el voto que se habían jurado.
Él sonrió y se inclinó para depositar un prolongado beso sobre sus labios. Al apartarse, hizo también su promesa.
—Para siempre.
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