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Una Condesa Por Derecho Propio Extra Escena

Una Condesa Por Derecho Propio Extra Escena

Para celebrar el primer cumpleaños de la pequeña Rose, Mary le sugirió a Duncan que la llevaran de pícnic. A Duncan le pareció una idea encantadora y comenzó a hacer los preparativos de inmediato.

Tras unos instantes de reflexión, dijo que conocía el lugar perfecto y que le tenía preparada una sorpresa a Mary. Encantada, Mary aceptó. No podía imaginar qué clase de sorpresa le tendría reservada Duncan, pero su entusiasmo era contagioso.

Cuando el carruaje se detuvo al pie de las altas colinas que rodeaban su hogar, Mary miró a Duncan, perpleja.

—Es un lugar precioso, cariño, pero desde aquí no vemos más que la ladera —dijo Mary.

Duncan sonrió.

—Este no es nuestro lugar de pícnic, mi amor —dijo él. Musitó unas instrucciones al cochero y reanudaron la marcha, siguiendo un sendero que ascendía por las colinas.

Los ojos de Mary comenzaron a abrirse como platos y el corazón le dio un vuelco.

—Duncan, sabes que me dan un miedo terrible las alturas —dijo ella.

—¿Confías en mí? —le preguntó Duncan, cogiéndole la mano.

—Sí, confío —respondió Mary sin dudarlo.

—Bien —dijo Duncan, sonriendo.

Recorrieron el resto del camino colina arriba en silencio. Duncan no le soltó la mano a Mary para tranquilizarla. Aunque su corazón aún no había vuelto a su sitio, la serenidad que él le transmitía estaba logrando calmarla en gran medida.

Como Mary nunca había estado en la parte de las colinas adonde él llevaba a su familia, no tenía ni idea de qué esperar. Intentó distraerse de su ascenso constante y simplemente disfrutar del paisaje que los rodeaba, que era, en efecto, encantador.

Finalmente, el carruaje se detuvo y él acompañó a Mary, con la pequeña Rose de la mano, desde el carruaje hasta una bonita y llana extensión de tierra con hierba de un verde brillante y rodeada de flores de muchos colores vivos.

Duncan comenzó a extender la comida del pícnic sobre la manta que la pareja había traído. Luego, tomó a Rose en brazos y cogió la mano de Mary.

—Cierra los ojos y ven conmigo —le dijo.

Mary seguía sintiéndose terriblemente confusa y un poco asustada, pero confiaba en Duncan de todo corazón. Respiró hondo y, con lo que esperaba que fuera una sonrisa valiente, cerró los ojos. Sintió cómo Duncan le rodeaba suavemente la cintura con un brazo y se dejó guiar por él.

Tras varios pasos lentos y cautelosos, Duncan soltó la cintura de Mary y le agarró suavemente el hombro.

—¿Estás preparada? —le preguntó él. Mary pudo oír el entusiasmo en su voz y no pudo evitar sonreír.

—Sí, creo que sí —dijo ella.

—Muy bien, mi amor. Abre los ojos —dijo Duncan.

Así lo hizo, y se quedó boquiabierta.

Jamás había visto una vista tan hermosa. El sol brillaba en el cielo azul, claro y resplandeciente, iluminándolo todo en los valles de abajo. Los campos rebosaban de flores aún más vistosas, que danzaban apaciblemente con la ligera y cálida brisa. A cierta distancia había un pequeño estanque, pero incluso desde su posición, Mary podía ver cómo la luz del sol centelleaba en la superficie del agua. Pensó que parecía que había cientos de diminutos diamantes en el estanque.

—Oh, Duncan —dijo Mary, sin aliento—. Es absolutamente maravilloso.

Rose gorgojeó y Mary miró para ver a su hija sonriendo y señalando hacia los mantos de flores.

—Parece que Rose está de acuerdo con su madre —dijo Duncan con una sonrisa.

El corazón de Mary empezó a agitarse con el recuerdo de las terribles pesadillas que había tenido. Aunque la vista era increíblemente hermosa, se encontraban en un punto muy elevado.

Mary tembló. No quería arruinar el cumpleaños de Rose ni hacer que Duncan se sintiera culpable cuando intentaba hacer algo tan considerado por ella. Sin embargo, no podía sofocar el miedo que lentamente comenzaba a ahogar la alegría que había sentido ante la belleza del paisaje que tenían delante.

Duncan pareció percibir su creciente inquietud. Con una sonrisa amable y comprensiva, le apretó la mano.

—Comamos y disfrutemos de la vista desde nuestro sitio —dijo Duncan.

Mary le dedicó una sonrisa apenada.

—Lo siento —dijo, sintiendo que se le sonrojaban las mejillas.

Duncan le acarició el rostro, mirándola con sumo amor.

—Tonterías —dijo él con calidez—. Lo estás haciendo muy bien.

Mary pudo ver que lo decía en serio y que no estaba decepcionado ni desanimado por su reacción. Le sonrió agradecida y luego lo siguió hasta donde él había preparado el pícnic.

El pícnic fue encantador. Mary y Duncan vieron a la pequeña Rose pintarse la cara con su trozo de tarta y se echaron a reír. Bebieron vino, se dieron trocitos de queso el uno al otro y contemplaron la vista de la ladera hasta el atardecer.

Entonces, Duncan levantó a la pequeña Rose de la manta de pícnic y, una vez más, cogió la mano de Mary y los llevó lentamente hacia el acantilado.

Una vez más, Mary se quedó sin aliento. La vista de aquella tarde había sido impresionante, desde luego. Sin embargo, palidecía en comparación con la vista de la puesta de sol desde donde se encontraban.

Los rosas y naranjas iluminaban todo el cielo mientras el sol se ponía. El estanque ahora parecía de un profundo azul real. Rose arrulló y dio una palmada.

Al contemplar la increíble vista y ver que le producía tanta alegría a su hija, Mary se permitió sentirse un poco más tranquila. Allí estaba a salvo, con su familia, que la amaba profundamente. Aquel era un lugar que nunca tendría que temer.

Mary suspiró. Duncan se volvió hacia ella.

—¿Estás bien? —le preguntó—. ¿Deberíamos volver ya?

Mary sonrió.

—Todavía llevará algún tiempo, creo —dijo—. Pero quiero quedarme aquí unos instantes más.

—Por supuesto que llevará tiempo, cariño —dijo Duncan—. Y te prometo que seguiré ayudándote a superar esto.

Mary sonrió, sabiendo en su corazón que Duncan siempre estaría allí para ella, con ella. Bajo la luz del sol poniente, se irguió y lo besó con cariño. Después, pusieron rumbo a casa.

Cuando el carruaje se detuvo frente a su hogar, Mary vio un coche de caballos que los esperaba. Sonrió, pensando que quizá uno de sus amigos había decidido pasar a visitarlos sin avisar.

Miró a Duncan, que tenía una expresión de curiosidad, pero también de recelo. Cuando su carruaje paró, él se apeó rápidamente, le entregó a su hija, que seguía dormida, a Susan, quien había salido a recibir a la familia, y ayudó a Mary a bajar antes de acercarse al mayordomo.

—¿Quién es nuestro invitado inesperado, Johnson? —preguntó Duncan.

El mayordomo esbozó una leve sonrisa.

—Perdóneme, mi señor, pero me han pedido que les permita presentarse ellos mismos —dijo—. Los están esperando en el salón.

Mary y Duncan intercambiaron una mirada de perplejidad. Duncan le cogió la mano y juntos entraron en la casa y se dirigieron hacia la puerta del salón.

Al entrar en la estancia, vieron que el caballero que los aguardaba estaba sentado de espaldas a la puerta. Mary frunció el ceño, pues no reconocía la figura en el sillón. Duncan, sin embargo, inspiró de forma súbita y profunda.

—Padre —dijo—. ¿Qué haces aquí?

Mary palideció cuando el anciano se levantó de su asiento y se giró para encarar a la pareja. Ninguno de los dos había visto a aquel hombre desde su discusión con Duncan en su despacho, y Mary no podía imaginarse por qué habría escogido aparecerse ahora.

Se le hizo un nudo en el estómago e instintivamente puso la mano en el brazo de Duncan.

Para su sorpresa, el conde sonrió con calidez.

—Hijo mío, me alegro de verte —dijo.

Duncan se quedó mirando a su padre en silencio durante unos instantes, como tratando de decidir una respuesta adecuada. Finalmente, miró a Mary, como pidiéndole consejo con la mirada. Ella le dedicó a su marido una sonrisa y un leve asentimiento.

Duncan hizo una reverencia formal a su padre antes de hablar.

—¿Qué te trae por aquí, padre? —preguntó con educación.

El conde cruzó lentamente la habitación y se detuvo justo delante de la pareja. Le tendió la mano a su hijo como para ofrecerle un apretón de manos. Duncan miró la mano de su padre un instante, desconcertado.

Tras un momento, cogió la mano del conde y se la estrechó con firmeza.

—Por favor, toma asiento —dijo Duncan, turbado. A Mary le pareció ver que se formaban lágrimas en los ojos del conde. Entonces, él parpadeó, soltó a regañadientes la mano de su hijo y ocupó otro asiento. Mary y Duncan se sentaron frente al anciano.

El conde se aclaró la garganta. —Quería hablar contigo —dijo, con el rostro cada vez más solemne.

A Mary se le encogió el corazón. Vio cómo la mandíbula de Duncan empezaba a tensarse, y alargó el brazo para apretarle la mano.

—¿Hablar conmigo sobre qué, padre? —preguntó Duncan.

El anciano no respondió de inmediato. Apartó la mirada de su hijo y se observó las manos. El corazón de Mary empezó a acelerarse.

—Iré directo al grano —dijo el conde—. He sido un necio.

Mary y Duncan se quedaron boquiabiertos al unísono. Hubo otra larga pausa antes de que ninguno volviera a hablar.

—¿Qué quieres decir, padre? —preguntó Duncan con cautela. Mary estaba segura de que todos sabían a qué se refería el conde. Compartía el recelo de su marido, pero también sintió que la esperanza empezaba a crecer en su interior.

—Con mi salud cada vez más delicada, tanto tú como yo sabemos que no me queda mucho en este mundo —dijo el conde—. Lo que significa que solo tengo tiempo para las cosas que de verdad importan. Por desgracia, me permití olvidar cuáles eran esas cosas. Tanto que me negué a mí mismo la alegría de verte desposar a tu encantadora esposa… —hizo una pausa para mirar a Mary y sonreírle con calidez. Mary no pudo evitar devolverle la sonrisa, sintiendo que se sonrojaba.

—Y —continuó—, me he perdido un año entero de la vida de tu hija.

Mary empezó a sentirse mareada. «¿Puede ser esto verdad? ¿Puede el conde estar aquí de verdad, deseando hacer las paces con su familia?».

Miró a Duncan, que abrió y cerró la boca varias veces. Estaba claro que a Duncan también le costaba creer lo que estaba ocurriendo.

Recomponiéndose rápidamente, se levantó de su asiento.

—¿Te gustaría conocer a tu nieta? —preguntó Mary, orgullosa del tono agradable pero autoritario de su voz.

Ambos hombres la miraron. Duncan seguía sin palabras, pero su padre le dedicó a Mary una sonrisa radiante.

—Me gustaría muchísimo —dijo él.

Mary llamó a Susan y luego caminó para situarse detrás de su marido. Le puso las manos sobre los hombros y él le sonrió agradecido. Cuando Susan entró en la habitación, sosteniendo a su hija todavía dormida, Duncan también se levantó y rodeó a Mary con el brazo.

Susan se acercó a Mary con la bebé, pero ella se hizo a un lado. Cuando Duncan la miró con curiosidad, ella asintió en dirección a Susan.

Duncan captó la indirecta de Mary y extendió los brazos hacia Susan. La doncella depositó a Rose con delicadeza en sus brazos. Luego, él se giró y caminó lentamente hacia su padre.

Mary contuvo el aliento mientras Duncan le entregaba su hija al conde.

—Padre, me gustaría presentarte a tu nieta, Rose.

El anciano contempló a la pequeña, que había empezado a removerse en sus brazos, durante varios instantes. Cuando por fin miró a Mary y a Duncan, tenía los ojos, efectivamente, llenos de lágrimas.

—Como tu madre —susurró el conde.

—Fue idea de Mary —dijo Duncan, mirándola con amor.

El conde miró a Mary, y su sonrisa se ensanchó.

—Elegiste bien su nombre —dijo él.

Justo en ese momento, la pequeña Rose se despertó, sobresaltada al principio por estar en brazos de un desconocido. Sin embargo, cuando vio a su madre y a su padre, examinó al hombre de ojos llorosos que la sostenía y balbuceó. Una lágrima se deslizó por la mejilla del anciano y Rose frunció el ceño. Alargó una mano regordeta y le quitó la lágrima.

—¡Da! —dijo Rose enfáticamente.

Mary miró a su hija, luego a su marido y, por último, a su suegro. Entonces, todos se echaron a reír, incluida Rose.

***

Esa noche, mientras estaban acostados, Mary escuchaba con atención cómo Duncan hablaba con entusiasmo de la visita de su padre y de lo feliz que estaba de que su relación estuviera mejorando.

Cuando se habían ido de pícnic esa mañana, Mary no había creído posible que su pequeña familia pudiese ser más feliz o perfecta de lo que ya era. Pero la gracia divina le había demostrado que, por suerte, estaba equivocada. Sin embargo, había algo más que deseaba hablar con Duncan.

—Mary, estoy tan lleno de alegría que podría estallar —exclamó Duncan, tomándola en sus brazos y besándole la coronilla.

—Supongo que crees que es imposible que pudieras ser más feliz, ¿no? —preguntó ella, riéndose de la expresión absolutamente infantil del rostro de su marido.

—¿Cómo podría ser más feliz de lo que ya soy? —preguntó Duncan.

Mary bajó la mirada y se puso una mano en el vientre.

—Si, quizá, nuestra familia estuviera esperando otro paquetito de alegría —dijo ella, mirando a Duncan por debajo de las pestañas.

Duncan se quedó sin aliento, comprendiendo esta vez de inmediato lo que Mary le estaba diciendo.

—Oh, mi amor —dijo Duncan con un hilo de voz. Inclinó el rostro de Mary hacia el suyo y la besó.

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