Un Amor Inesperado Extra Escena

Diez años después
—¿No te parece extraño ver a William tan mayor? —preguntó Lydia.
—Desde luego, se ha convertido en un joven muy apuesto. Cada día se parece más a padre.
Era el vigésimo cuarto cumpleaños del duque, y habían celebrado un gran baile en la finca de Dorset para festejarlo. La sala estaba llena de gente llegada de todos los rincones de Inglaterra, allí para honrar a William.
—También se está labrando un nombre como duque, aunque acaba de terminar sus estudios —dijo Angela—. Sin embargo, Edward dice que estás haciendo una labor estupenda llevando la finca.
—Padre fue un buen maestro —replicó Lydia, aunque el rubor de sus mejillas reveló a Angela que también reconocía el mérito que le correspondía.
—¿Puedes creer que estemos todos aquí? —preguntó—. Tú y Humphrey con los niños, y Edward y yo con los nuestros. Y ahora William, tan mayor. No tardará en casarse él también.
—Es como si todos hubiéramos encontrado nuestro lugar en esta vida. No podría estar más contenta con cómo han salido las cosas..., ¡aunque me esté haciendo vieja!
—No te estás haciendo vieja —dijo Angela, aunque ella también notaba el paso del tiempo—. Estás madurando, como un buen vino.
Lydia soltó una carcajada. —Supongo que prefiero ser un buen vino antes que un queso apestoso —dijo.
—No sé yo —dijo Angela, encogiéndose de hombros—. A mí el queso me gusta bastante.
Lydia rompió a reír y se balanceó hasta que su hombro chocó con el de su hermana. —A veces dices unas tonterías increíbles, Angela. No me extraña que sigas siendo tan joven de corazón.
—No, son los niños quienes me mantienen joven. Siempre tienen tantísima energía... Algunos días no sé cómo seguirles el ritmo.
Angela y Edward tenían dos hijos adorables: una niña llamada Ophelia, de ocho años, y un niño llamado Adam, de apenas cuatro. Angela quería profundamente a sus hijos, pero era Edward quien más los mimaba.
Trabajaba duro para mantener a su familia, pero se aseguraba de que el trabajo jamás le robara tiempo con ellos. Casi todos los días regresaba a casa con alguna golosina o un juguete, y los niños lo esperaban con impaciencia en el umbral.
Aunque su tío lo consideraba el presunto heredero del condado de Nordshire, la legalidad de aquello seguía disputándose en los tribunales. Se había alcanzado un acuerdo que permitiría a James redimirse para recuperar su título y su herencia, algo inaudito en el país. Lo habían enviado a viajar al extranjero por petición especial. Edward no había tenido noticias de su primo en años, pero confiaba en que estuviera bien y que de verdad estuviera avanzando hacia un cambio a mejor.
El tío Mason le había ofrecido a Edward una pequeña propiedad y una renta anual. Sin embargo, Edward era demasiado orgulloso y, aunque aceptó amablemente la generosidad de su tío, también insistió en trabajar.
Aceptó un puesto en un bufete de abogados, el que le habían ofrecido cuando acababa de terminar la universidad, si bien a tiempo parcial. Según decía, le ayudaba a asegurar el futuro de los niños y además le daba la oportunidad de conocer gente nueva y establecer nuevos contactos, algo que sin duda le sería útil si finalmente llegaba a ser conde. También asumió parte de la responsabilidad de la finca de Brighton y, cuando su tío se lo pedía, revisaba de vez en cuando sus asuntos comerciales.
Angela se había entregado por completo a la maternidad y, aunque los niños tenían institutriz, también le gustaba enseñarles ella misma. Pasaban horas juntos trabajando la lectura y la ortografía, las nociones básicas de matemáticas, y dando largos paseos por la naturaleza, durante los cuales les explicaba cosas sobre las plantas y los árboles.
También había reunido a un grupo de niñas del pueblo, como hacía todos los años sin falta, y continuaba con sus lecciones de lectura, al sol siempre que era posible.
Estaba satisfecha con su vida y con la forma en que la vivía. Todo parecía apacible y tranquilo. Pero lo que más atesoraba eran los momentos a solas con Edward. Reían a menudo y se abrazaban siempre que podían, mientras su vínculo se fortalecía día tras día.
—¿Me concede este baile, Angela?
Angela alzó la vista y vio a su hermano, ya todo un hombre, elevándose sobre ella con la mano tendida para tomar la suya.
—Pues sí, William, me encantaría, gracias.
—¿Recuerdas cuando éramos niños y te subías a mis pies para bailar? —dijo Angela una vez que comenzó la música.
—Oh, no me lo recuerdes —dijo William. Aunque fingía sentirse avergonzado, Angela veía que evocaba aquella época con cariño.
—Era tan dulce... Decías que jamás podrías recordar todos los pasos que había que aprender. ¡Y mírate ahora! Esta noche te he visto bailar al menos cuatro danzas distintas.
William rio. —Era un niño tonto, ¿verdad?
—No más tonto que cualquier otro niño —dijo Angela—. Y puedes tratar de ocultarlo cuanto quieras, pero todavía queda ahí dentro un poco del pequeño William. Lo veo en tus ojos.
—¡Nunca! —exclamó William, aunque entre risas. En el fondo, ambos sabían que William conservaba un espíritu juvenil, igual que Angela.
—¿No crees que ya es hora de que sientes la cabeza? —preguntó—. Una esposa te vendría muy bien, y necesitas un heredero, William.
Las mejillas de William se encendieron como las de un muchacho. Angela rio.
—Por tu reacción deduzco que hay alguien que te gusta. ¿No era Theresa con quien te vi bailar?
—No quiero hablar de ello —dijo él, con una expresión dolorida. Angela ladeó la cabeza, curiosa.
—¿Qué ha pasado?
—No importa lo que haya pasado; no hay nada entre nosotros.
Angela no insistió más. De momento, le permitió guardar sus secretos, pues era evidente que aquello le afectaba. Pero antes o después le sacaría la información y, por el brillo de sus ojos, sospechaba que sentía algo más profundo de lo que quería admitir.
Cuando la música llegó a su fin y William se fue a bailar con otra persona, Angela creyó que tendría un momento para recobrar el aliento. Pero no pudo, pues, al abandonar la pista, Humphrey se acercó a ella.
—Parece una noche para bailar con los hermanos —dijo con una risita—. Así que supongo que es justo que te toque tu turno, Humphrey. Después de todo, ahora eres mi hermano.
La música era animada y rápida, y Angela no pudo evitar reír mientras sus pies se movían con agilidad por el gastado suelo de madera. Humphrey le sonrió mientras saltaba a su alrededor y luego volvía a aparecer ante ella.
—Esto activa la sangre, ¿verdad? —dijo Humphrey, con el rostro rojo por el esfuerzo.
—No, es que ya te estás haciendo demasiado viejo para esto —bromeó Angela.
—¡Y tú te estás poniendo demasiado respondona!
—No tardará en llegar la mayoría de edad de tus propios hijos —dijo ella.
Humphrey gimió. —No me lo recuerdes. El tiempo pasa demasiado deprisa. Ojalá hubiera alguna forma de mantenerlos pequeños durante más tiempo.
—Pero, por desgracia, nuestros bebés crecen y se convierten en niños, y después ya no tenemos demasiado que hacer por ellos. Solo podemos confiar en que las lecciones que les inculcamos les sirvan bien a medida que crecen.
—Pero ¿no es estupendo celebrar una fiesta? —preguntó Humphrey, sin perder su amplia sonrisa—. Hemos estado tan ocupados haciendo crecer nuestras familias que casi nos hemos olvidado de divertirnos.
—Desde luego, es agradable estar juntos otra vez. Echo de menos aquellas largas tardes en casa jugando a las cartas.
—Yo también, ahora que lo dices —dijo Humphrey, como si acabara de recordarlo—. En ese caso, ¿por qué no organizamos una tarde de cartas? Podemos llevar a todos los niños. Será una gran reunión.
—Me encanta la idea, Humphrey. ¡Eres un genio!
—¿Qué tonterías estás diciendo, Angela? ¿Humphrey, un genio? Yo difícilmente lo llamaría así —preguntó Edward, con los ojos brillando de diversión al acercarse a los bailarines.
—Humphrey ha propuesto echar una partida de cartas una tarde.
—En ese caso, sí, es un genio —dijo Edward entre risas—. Pero ahora, hermano, ¿te importa que te releve? Te he estado viendo bailar con esta hermosa mujer y he pensado: Edward, ahí tienes una mujer con la que merece la pena bailar.
—Dices las cosas más dulces, Edward —dijo ella, retirando las manos de Humphrey para posarlas sobre su marido.
—Después de todo este tiempo, además —bromeó Humphrey—. Debe de ser amor verdadero. Disfrutad del baile.
Cuando Humphrey los dejó, la música se volvió más lenta, más suave, y Edward y Angela volvieron a caer el uno en brazos del otro. Era el lugar favorito de Angela, cálido y seguro junto al marido al que adoraba.
—No creía que fuera posible, pero ahora te quiero más que el día de nuestra boda.
—¿De verdad? —preguntó ella.
—De hecho, creo que ahora te quiero más que ayer. ¡Incluso más que esta mañana!
Angela soltó una risita. —Estás diciendo unas tonterías enormes.
—No —insistió Edward, con expresión seria—. No estoy diciendo ninguna tontería. Es verdad. ¿Y sabes qué más es verdad?
—¿Qué?
—Lo que siento ahora no es nada comparado con lo que sentiré mañana.
Angela sintió que se le encendían las mejillas. Le encantaba que Edward todavía pudiera causarle aquel efecto después de tanto tiempo. Aún hacía que su corazón se acelerara y que su alma cantara. Seguía queriendo mostrarse lo más hermosa posible para él, atraerlo hacia ella. Seguía poniéndose nerviosa ante sus momentos a solas, pero era una clase de nerviosismo feliz y emocionante.
—Debo admitir que yo también me siento así. Te quiero cada día más, Edward Lancaster.
—¿No es perfecta nuestra pequeña familia? —preguntó él.
—Lo es —convino ella.
—Pero estaba pensando... quizá le falte una cosa.
—¿Ah, sí? ¿Cuál?
—Una cosa pequeña. —Le sonrió, pero ella frunció el ceño, confusa.
—¿De qué estás hablando, Edward?
—Me gustaría que tuviéramos otro hijo —dijo él.
Angela se quedó muda de asombro. Ni siquiera había pensado en tener un tercer hijo; amaba a su familia tal y como era. Pero, en cuanto Edward pronunció aquellas palabras, sintió una oleada de emoción recorriéndole la espalda. Sí, otro hijo sería algo que esperar con ilusión, algo que atesorar. Algo que haría que su familia estuviera verdaderamente completa.
—¿Lo dices de verdad? —preguntó ella.
—¡Por supuesto que sí! —Rio, echando la cabeza hacia atrás—. No lo habría dicho si no lo sintiera de verdad. Creía que ya sabrías eso de mí a estas alturas.
Ella sonrió con timidez. —¿Quieres un niño o una niña? —preguntó—. ¿Una nueva Ophy u otro Adam?
—Nadie puede reemplazar a Ophelia ni a Adam —dijo él, negando con la cabeza—. Y, venga lo que venga, no importa. Me encantaría cualquiera de las dos cosas porque, Angela, cualquier hijo tuyo será un auténtico regalo para el mundo... y para mí.
La música se detuvo lentamente entonces, y Angela dejó de moverse. En vez de eso, miró con amor a los ojos de su marido, con las mejillas doloridas de tanto sonreír.
—Lo dices de verdad —repitió.
—Quiero que nuestra familia crezca —dijo él—. Así que sí, lo digo de verdad.
Ella le echó los brazos al cuello y él la atrajo contra su pecho; sus corazones latían al unísono, uno junto al otro. En aquel momento, Angela supo con una certeza imperecedera que, por fin y sin ninguna duda, había encontrado la felicidad para el resto de su vida.
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