La Duquesa de Espinas Extra Escena

Tres años después
—¿Estáis preparados? —preguntó Joshua, mirando primero a Winston, que ya tenía nueve años, y después a la pequeña Marina, que ahora tenía tres.
—Llevo meses preparado —dijo Winston con un resoplido—. ¿Por qué siempre tarda tanto?
—Espero que sea niña —dijo Marina con una risita—. Los niños huelen mal.
—No —dijo Winston con firmeza—. Las niñas son las que huelen mal.
—Bueno, vosotros dos —dijo Joshua, riéndose entre dientes ante sus discusiones. Eran igualitas que las abuelas: inseparables, pero siempre peleándose—. Vamos, dadme la mano.
Extendió las manos y cada uno le cogió una. Joshua respiró hondo y luego entró en la habitación, donde estaban su preciosa esposa y el nuevo miembro de la familia.
Selina levantó la vista al entrar ellos, con una amplia sonrisa en el rostro. El bebé estaba envuelto en sus brazos, chupándole la punta del meñique.
—Buenos días —dijo en voz baja.
—¡Mamá! —dijo Marina, caminando con pasitos vacilantes hacia Selina.
—Es niño —dijo Selina, y Joshua pudo ver el orgullo dibujado en su rostro—. Un niño precioso.
Joshua se sentó en el borde de la cama y posó una mano delicada sobre el pecho del bebé mientras Selina se movía para que pudiera verlo mejor.
—Santo cielo, es perfecto —dijo Joshua.
—Yo quería una niña —dijo Marina, pero se encogió de hombros—. Aunque supongo que es bastante mono. Nos servirá.
Selina se rio entre dientes. —Sí, nos servirá. ¿Tú qué opinas, Winston?
Winston no había dicho una palabra; se limitaba a quedarse allí de pie, con los ojos como platos y una expresión de pura emoción en el rostro, aunque parecía clavado al suelo.
—¿Winston? —preguntó Joshua, frunciendo el ceño con preocupación—. ¿Qué ocurre?
—¡Un niño! ¡Un hermanito, justo como siempre había querido!
—Las niñas son mejores —dijo Marina con un resoplido.
—Oh, tú estás bien, Marina —replicó él con absoluta naturalidad, aunque Joshua sabía cuánto adoraba a su hermana—. ¡Pero un niño!
—Puedes acercarte y darle una bienvenida como es debido, si quieres —dijo Selina, animándolo.
Winston dio unos cuantos pasos vacilantes hacia delante, mirando al bebé con ansia.
—Estoy deseando jugar a toda clase de juegos con él. Y salir a pasear, y perseguirnos, y hacer todas esas cosas que Joshua me contó que hacía con Brandon.
Joshua se rio entre dientes. —Puede que aún sea un poco pequeño.
—Probablemente tendrás que esperar un poquito antes de poder hacer algo así —dijo Selina—. Todavía es tan pequeño y frágil...
—Pero...
—Pero hay otras cosas que puedes hacer —explicó ella—. Como quererlo y cogerlo en brazos. Y puedes contarle cosas de nuestras vidas, y quizá enseñarle cosas también.
—Bueno, para empezar eso servirá —dijo Winston con aire muy formal.
—¿Quieres cogerlo en brazos? —preguntó Selina, mirando a Joshua.
Se le cortó la respiración, pero asintió en silencio, con los ojos muy abiertos. Alargó los brazos y los deslizó despacio bajo el bebé, justo cuando Selina retiraba los suyos. Se recostó sobre la cama y miró a su nuevo hijo con absoluto asombro.
—Es... —Se aclaró la garganta.
No conseguía articular palabra; la emoción le atenazaba la garganta. Supo en aquel instante, igual que cuando nació Marina, que quería a aquel niño más que a nada en el mundo y que haría todo lo que estuviera en su mano por mantenerlo a salvo y feliz.
Marina se acercó a ellos y se puso de puntillas, estirando el cuello para ver mejor a su nuevo hermanito. Arrugó la nariz.
—Los bebés son raros —dijo, ladeando la cabeza de un lado a otro, como si tratara de comprender a la pequeña criatura que tenía delante.
—Tú también fuiste bebé —protestó Winston—. Y eras la más rara de todos.
—Puede ser —Marina se encogió de hombros—. Pero me alegro de no ser ya una bebé.
—A veces todavía tengo que pellizcarme para recordar que todo esto es real —dijo Joshua, rozando con un dedo la regordeta mejilla de su hijo—. Estuvo tan cerca de ser un sueño...
—Pero al final todo salió de la mejor manera posible —dijo Selina.
—Y el viaje fue emocionante, cuando menos —se rio Joshua entre dientes—. De verdad creí que te había perdido, hace todos aquellos años.
—Fui una tonta por siquiera pensar que podía seguir adelante sin ti. Y casarme con aquel hombre, ¿te acuerdas?
—Era un bruto. No hay duda de eso —dijo Joshua, haciendo una mueca.
—Era el peor —afirmó Winston con firmeza—. Pero, por suerte para vosotros, encontré la manera de reuniros.
Selina se rio entre dientes. —¿Ah, sí?
—Pues claro. Si yo no me hubiera escapado, te habrías casado con el apestoso Gerard y la vida habría sido espantosa.
El apestoso Gerard se había convertido en algo así como un apodo, y Selina había tenido que recordarle a Winston varias veces que no lo llamara así en público. Sin embargo, no era capaz de reñirle de verdad, como tampoco Joshua, porque les resultaba demasiado gracioso.
—Miremos hacia el futuro —dijo Selina—. Si alguna vez ha habido una razón para hacerlo, es tener un nuevo bebé en la familia.
—¿Crees que habrá muchos más bebés, mamá? —preguntó Marina.
—Deja que me reponga de este primero —replicó Selina con una risita.
—Espero que haya al menos cien más —dijo Joshua.
—¡Cien! Papá, ¡son demasiados!
—¡Toc, toc!
Joshua levantó la vista y vio a Laura asomando la cabeza por la puerta.
—¿Podemos pasar? —preguntó Beatrice, asomándose por encima del hombro de Laura.
—Por supuesto —dijo él—. Las abuelas siempre son bienvenidas.
Joshua había insistido, desde el momento en que nació, en que Marina considerase a Beatrice también su abuela. Le había contado que una de sus abuelas —su propia madre— estaba en el cielo y que había enviado a Beatrice para ocupar su lugar y ayudar a cuidar de todos ellos.
Y, a su vez, Beatrice trataba a Marina como si fuera de su sangre; las dos eran tan unidas como lo habían sido siempre Beatrice y Winston.
—Oh, es adorable —dijo Laura.
Joshua notó que la cama se movía bajo él cuando Laura se sentó a su lado y se inclinó hacia delante para ver al bebé.
—Vaya si lo es. Parece un angelito.
—Ven a verlo, Beatrice —la animó Laura, haciéndole señas con la mano para que se acercara.
Beatrice se quedó junto a la puerta con aire incómodo, sonriendo con incertidumbre, pero no se movió.
—Desde luego es una preciosidad —dijo.
—¿Por qué te quedas ahí plantada? —preguntó Laura, irritada—. Por el amor de Dios, Beatrice.
Selina puso una mano sobre el brazo de su madre para tranquilizarla.
—Beatrice, ¿estás bien?
—Por supuesto —dijo Beatrice, dedicándole una sonrisa débil.
Joshua se levantó de la cama despacio, para no molestar al bebé, y caminó hacia ella, hablándole con dulzura al pequeño mientras lo hacía.
—Esta es tu abuela Griffiths —dijo—. Y sé que los dos os convertiréis en los mejores amigos.
Beatrice le sonrió agradecida y después bajó la vista hacia el bebé, con los ojos anegados en lágrimas.
—Es precioso —dijo.
—Y tú también serás la abuela de este bebé —dijo Joshua—. Igual que lo eres de Winston y de Marina. Toma, cógelo.
Beatrice soltó un jadeo de alegría, tomó al bebé de los brazos de Joshua y se adentró en la habitación. Joshua fue a sentarse en el sofá junto a sus otros dos hijos.
—¿Habéis pensado ya algún nombre? —preguntó Beatrice.
—No, todavía no —admitió Selina.
—Tendréis que hacerlo pronto —dijo Laura, horrorizada de que el pobre niño no tuviera nombre.
Joshua se aclaró la garganta. Tenía una idea, una con la que llevaba meses jugando. Había esperado el momento oportuno para proponerla, pero nunca parecía presentarse. Hasta entonces.
—Tengo una idea para el nombre —dijo—. Pero solo si les gusta a todos los que estamos aquí.
Los miró a cada uno por turnos, y todos le devolvieron la mirada con impaciente expectación.
—¿Y bien? —preguntó Selina.
Joshua volvió a aclararse la garganta y dijo: —Me gustaría llamar al bebé Gabriel.
Beatrice soltó un sollozo de felicidad sin dejar de abrazar al bebé, y Laura se levantó para rodearla con un brazo reconfortante. Selina también tenía lágrimas corriéndole por el rostro, pero al menos eran lágrimas de alegría.
—¿Qué os parece? —preguntó Joshua, aún nervioso por su reacción.
—Creo que es perfecto, Joshua —dijo Selina, tendiendo la mano para coger la suya—. Es absolutamente perfecto.
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