La Maldición de Lady Clarabelle Extra Escena

Seis años después
—Emilia, por el amor de Dios, ¡deja descansar un rato a tu madre!
Sebastian gritó desde la terraza hacia el jardín, donde su hija de cuatro años daba vueltas alrededor de Clara, que se encontraba en avanzado estado de gestación. Habían transcurrido seis años desde el día de su boda, y su pequeña familia seguía creciendo.
—Oh, no pasa nada —respondió Clara. Sus mejillas, ahora redondeadas por la felicidad, se tiñeron de un rosa oscuro debido al esfuerzo, pero sus ojos centelleaban de amor por su pequeña familia y sus labios rebosaban de risa.
—¡Lo digo en serio, Clarabelle Compton! —la reprendió Sebastian—. ¡Estás embarazada!
—De verdad, hijo —dijo Beatrice al entrar en el jardín—. Te preocupas demasiado. Clara sabe cuándo ha tenido suficiente. Su cuerpo se lo dirá.
—Tu madre tiene razón, Sebastian —dijo Clara, jadeando mientras se acercaba a saludar a su suegra—. Eres un manojo de nervios.
—Y con razón —replicó él, exasperado—. Madre, mi querida esposa es a veces un auténtico torbellino.
—¿No fue por eso por lo que te enamoraste de mí? —preguntó Clara. Sebastian soltó una risita.
—Sin duda fue una de las razones, sí.
—Pues entonces —dijo Clara con una sonrisa satisfecha—, aprécialo un poco más.
Sebastian puso los ojos en blanco, pero no añadió nada más.
—¿Dónde está padre? —preguntó, volviéndose hacia su madre.
—Oh, está por aquí, en alguna parte. Se ha puesto a hablar con el duque de Calverton. Sospecho que podemos olvidarnos de ellos durante una hora, por lo menos.
—Pero pronto servirán la cena —dijo Clara, volviéndose para mirar la mesa del banquete que los criados habían dispuesto en el jardín.
—Mandaré a alguien a buscarlos —dijo Sebastian.
Aquel día celebraban una íntima fiesta en el jardín por el cuarto cumpleaños de la pequeña Emilia. Los ojos de la niña brillaban como esmeraldas, verdes como los de su madre y llenos de inteligencia como los de su padre. Su abundante cabello castaño chocolate le caía en ondas naturales sobre los hombros, y tenía la nariz salpicada de pecas.
Por supuesto, habían llamado Emilia a la niña en honor de la tía Emilia de Clara. Clara así lo había deseado, pero no había dicho nada hasta que el propio Sebastian sugirió el nombre, lo que la colmó de alegría.
Ahora, cuatro años después, Clara llevaba en su abultado vientre a su segundo hijo. Caminaba con paso de pato y una mano protectora sobre la barriga, aunque de algún modo aún encontraba fuerzas para correr detrás de Emilia.
Sebastian admiraba su resistencia y fortaleza, y las capacidades de su esposa no dejaban de impresionarlo y sorprenderlo. Durante los seis años que llevaban casados, su amor no se había apagado ni atenuado. Al contrario, con el paso del tiempo se volvía más apasionado y satisfactorio, y ambos se enamoraban de nuevo cada día.
Emilia, el primer fruto de su amor, era una niña feliz, tan indómita y libre como Clara siempre había querido ser, pero tan inquisitiva y curiosa como su padre. Esperaban que su segundo hijo fuera un varón y heredero, y Sebastian ya había elegido el nombre: Jonathan.
—¿Por qué Jonathan? —había preguntado Clara cuando él lo propuso. Sebastian se había encogido de hombros.
—La verdad es que no lo sé. Sencillamente, me gusta el nombre. ¿Acaso tiene que encerrar algún significado?
Clara le había sonreído con dulzura; después, le tomó una mano y se la colocó sobre el vientre, para que Sebastian sintiera la patada de su segundo hijo.
—Que te guste ya es motivo suficiente —dijo—. Si es un niño, lo llamaremos Jonathan.
—¡Ahí estáis! —exclamó Beatrice cuando los dos duques cruzaron la puerta, enfrascados todavía en una conversación incesante, como de costumbre. Sebastian los seguía.
—Los he encontrado discutiendo junto a la entrada principal —dijo mientras se acercaba a Clara y le rodeaba los hombros con un brazo—. Mi padre parece creer que el tuyo debería tomar una nueva esposa.
—Y yo he dicho que de ninguna manera —afirmó Frank con firmeza—. Con una esposa y una hija tengo más que suficiente.
—Pero ¿no encuentras el castillo terriblemente silencioso ahora? —preguntó Clara.
—Sí —respondió Frank—. Pero me temo que es una cruz que tendré que cargar. Además, después de toda la tensión y las preocupaciones de los últimos veinte años, es natural que desee un poco de paz.
—Comprendo perfectamente lo que dices —comentó Eric, mirando a Beatrice. Ella bufó y le dio una palmada en el brazo.
—¡Ya te dejo bastante en paz!
—¡Mamá!
Todos se volvieron hacia la niña, que ya se encontraba orgullosamente sentada en su sitio a la mesa, en el centro y sobre un asiento más alto que los demás.
—¡Mamá! —volvió a llamarla.
—¿Qué ocurre, cariño? —respondió Clara.
—Estoy lista para que empiece mi fiesta. ¡Vamos!
Sebastian rio; ver a su hija tan ferozmente decidida le recordó la tenacidad de su esposa.
—Esta niña es una pequeña diablilla —dijo Eric—. Os dará problemas cuando sea mayor.
—Siempre podríais encerrarla en un castillo hasta que algún joven apuesto acuda a rescatarla —sugirió Frank, encogiéndose de hombros con indiferencia—. A mí me dio buen resultado.
Todos rieron salvo Beatrice, pero la duquesa fulminó a Frank y a Eric con la mirada.
—Seréis duques —dijo—, pero tened cuidado con lo que decís de mi nieta. Para que lo sepáis, es absolutamente perfecta en todos los sentidos.
Sebastian besó a su madre en la frente.
—Madre, tienes toda la razón —dijo. Tendió la mano y tomó la de Clara; después, habló lo bastante alto para que Emilia lo oyera—. Vamos, acompañemos a la princesa Emilia a su fiesta de cumpleaños.
Emilia soltó una sonora risita.
—¡Esa soy yo, la princesa Emilia!
Fue después de que terminara la fiesta y todos se retiraran cuando Clara y Sebastian pudieron pasar un rato a solas. Todos le habían hecho regalos a Emilia, y la cocinera había preparado una tarta especial. Habían reído y conversado, como tantas veces habían hecho en familia desde la boda.
Sin embargo, el momento que más le gustaba a Sebastian llegaba después, cuando todos los demás se habían marchado a casa y habían acostado a Emilia. Eran aquellos instantes de tranquilidad los que podía compartir de verdad con Clara, tal y como ambos habían anhelado antes de casarse.
Se sentaron en la terraza mientras se ponía el sol y el cielo se llenaba de cálidos tonos anaranjados y rojizos. En la mesa que había entre ellos reposaban una tetera y algunos pedazos de la tarta de cumpleaños sobrante. Ambos permanecieron sentados, contemplando el jardín, uno al lado del otro, con los brazos extendidos y los dedos apenas rozándose, aferrados el uno al otro.
—Ha sido un día maravilloso —dijo Clara, sin volverse hacia Sebastian.
—Así es —convino Sebastian—. De hecho, ha sido un año maravilloso.
—Seis años maravillosos —dijo ella, volviéndose hacia él con una sonrisa traviesa.
—De acuerdo —respondió él entre risas, mirándola antes de volver la vista hacia el sol poniente—. Tú ganas. ¿Sabes? De verdad que no sé dónde estaría sin ti.
—Probablemente resolviendo algún enigma en alguna parte y cortejando a una doncella encerrada en una torre.
—Jamás —dijo, negando con la cabeza—. Bueno, quizá tengas razón en lo del enigma, pero tú eras la única doncella a la que deseaba cortejar. No hay otra como tú, querida mía.
—Me alegra oírlo —dijo ella. Con la mano libre, alisó el vestido sobre su vientre, preguntándose distraídamente cómo sería su segundo hijo. Aunque sabía que sería perfecto. ¿Cómo no iba a serlo, si era fruto de ella y de Sebastian?
—¿Puedes creer lo cerca que estuvimos de que nada de esto sucediera jamás? —dijo Sebastian.
Clara se volvió bruscamente hacia él, sorprendida por sus palabras y aún más al ver sus ojos húmedos.
—¿Qué quieres decir? —preguntó.
—Quiero decir que, si Drew... ¿Y si hubieras perdido la vida, como tu tía Emilia? ¿Qué habría ocurrido entonces?
—Oh, querido —dijo Clara, mirando a Sebastian con ternura. Era una conversación que habían mantenido varias veces y que nunca parecía resultarle más fácil a Sebastian. Saber lo cerca que había estado de perderla era demasiado para él.
—Lo digo en serio —insistió, mirándola—. No habría habido boda, ni Emilia, ni el pequeño Jonathan.
—O Jemima —le recordó Clara—. No es seguro que vayamos a tener un hijo.
—Lo tendremos —dijo, encogiéndose de hombros—. Lo siento en los huesos.
Ella rio, aferrando con mayor fuerza las puntas de sus dedos.
—De verdad tienes que dejar de pensar en lo que habría ocurrido si hubiese perdido la vida. Es mucho más importante recordar que no fue así, que estoy aquí y que estamos juntos. Eso es lo único que importa.
—Tienes razón —dijo él—. Como siempre, querida mía. Y sin todo aquel lamentable embrollo, jamás te habría conocido.
—Exacto. Y nuestros padres nunca habrían vuelto a ser amigos.
Sebastian soltó una risita.
—Quizá eso hubiera sido lo mejor —bromeó—. He oído que en el club se comportan como auténticos truhanes.
—Como debe ser —dijo Clara—. Deja que se diviertan, igual que nosotros.
—Clara, eres tan bondadosa y sabes perdonar tan bien... Eres perfecta, ¿lo sabes?
—No soy perfecta, Sebastian —dijo ella—. No sin ti. Es tu influencia la que hace que lo sea.
—De acuerdo —asintió él—. Entonces digamos lo siguiente: juntos somos perfectos, y cada uno de nosotros lo es porque estamos juntos.
—Sí —dijo ella, sonriéndole—. En eso estoy completamente de acuerdo.
Y lo creía de verdad, con todo su corazón.
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