La Novia Rival Del Duque Extra Escena

Dos años después
—Y bien, ¿qué clase de enseñanza o moraleja se supone que debo transmitir con este retrato? —Selina permanecía de pie con las manos sobre el abultado vientre. Estaba en avanzado estado de gestación, pero Benedict había insistido en que se hiciera retratar. Él deambulaba de un lado para otro, paseándose detrás del artista sin decir una sola palabra. Tenía el ceño fruncido por la preocupación y los labios ligeramente apretados, como si estuviera sumido en sus pensamientos.
Su actitud le recordó tanto a la ocasión en que había interrumpido su sesión de retrato con el maestro Dorian años atrás que soltó una risita al evocarla.
—¿Qué ha sido eso, querida? —preguntó Benedict, alzando la vista hacia ella con expresión intrigada.
El bebé le dio una fuerte patada y ella hizo una leve mueca de dolor. —Nada… Solo me preguntaba qué querías que hiciese para que este retrato resultara agradable a tus ojos.
Benedict rio con despreocupación. —Adopta la pose que prefieras, cariño. Confío en que hagas lo que desees.
Selina asintió. —Gracias, esposo mío. —Volvió a rodearse el vientre con las manos, esta vez con mayor firmeza, e intentó estirar el cuello para que el peso de la criatura que crecía en su seno no la inclinara hacia delante. Benedict le sonrió, pero, un instante después, reanudó sus paseos. Sus pasos se volvieron más inquietos y, de pronto, empezó a dar vueltas alrededor del artista. El maestro era amigo del príncipe Henri y había viajado a Inglaterra con el propósito expreso de pintar el retrato de Selina, pero ahora ella comenzaba a preocuparse un poco por el maestro Francois, pues se encogía cada vez que Benedict se abalanzaba hacia él.
—¿Ocurre algo, milord? —preguntó por fin el pintor, reclinándose en el taburete con el pincel en alto.
Benedict se mordió el labio inferior y Selina comprendió que intentaba ser cortés. No quería ofenderla ni ofender al artista. Aunque agradecía su comedimiento, veía con claridad cuánto le estaba costando.
—Benedict —lo llamó—, estoy segura de que el maestro Francois pregunta con toda sinceridad. Dile qué te ronda por la cabeza.
Los hombros de Benedict se relajaron apenas y él dirigió una rápida mirada al pintor. —¿No le importaría, entonces, que hiciera algunas sugerencias?
El hombre asintió. —Lo preferiría infinitamente, milord, pues empieza a ponerme nervioso verlo merodear de un lado para otro.
Tanto Selina como Benedict se echaron a reír. Él se acercó un paso al lienzo. —¿Me permite? —Señaló algo que Selina no alcanzaba a ver—. Aquí… No comprendo por qué ha intentado pintar a mi esposa de este modo. Salta a la vista que está encinta y que pronto será madre y, sin embargo, ha tratado de pintarla como era hace meses.
El maestro Francois se removió inquieto en su asiento. —La mayoría de las damas a las que pinto prefieren mostrar su figura… —Se interrumpió como si buscara la palabra apropiada—. …tal como es cuando no están encinta. Dicen que desean verse como son en realidad, no como serán durante un breve periodo de tiempo.
—Lo comprendo —dijo Benedict, haciendo un ademán con la mano—. Pero esas damas no son como mi esposa. Ya se encargó un retrato que la mostrase cuando aún era doncella. Ahora deseo que aparezca tal como es. —Señaló a Selina, que se pasó con suavidad una mano por el vientre—. ¿Lo ve, maestro Francois? Mi señora es madre. Es fuerte e, incluso ahora, mientras aún lleva al niño en su seno, trata de protegerlo.
—Sí —murmuró el maestro Francois—. Creo que comprendo lo que quiere decir.
—Amor mío —la llamó su esposo—, procura mantenerte un poco más erguida y alza apenas un poco más la barbilla.
Ella soltó una risita. —Quisiera recordarte que, hace apenas un momento, me has dicho que podía adoptar la pose que quisiera.
Benedict sonrió entonces y se precipitó hacia ella. Le depositó un tierno beso en la frente. —Sí que lo he dicho, ¿verdad? Gracias por hacerme entrar en razón, cariño. Haz lo que quieras. —Retrocedió unos pasos y, mientras lo hacía, Selina se irguió hasta alcanzar toda su estatura y levantó la barbilla con gesto desafiante.
—Creo que os dejaré trabajar —dijo Benedict mientras avanzaba hacia la puerta abierta—. ¿Creéis que podréis arreglároslas en mi ausencia? Tengo unas cuantas cartas que debo escribir. —Se volvió justo antes de salir y la contempló desde el otro extremo de la estancia. Arqueó una ceja y una sonrisa torcida asomó a sus labios—. Creo que estás haciendo exactamente lo que te he sugerido, amor mío.
Selina se encogió de hombros, aunque mantuvo la barbilla en alto. —Tu gusto es impecable. No hay más que ver con quién decidiste casarte.
Él se puso ambas manos en las caderas y permaneció en el umbral, sonriéndole. —Siempre tienes razón. Así eres tú.
—Ven —dijo ella, haciéndole señas para que regresara a la estancia—. Tu correspondencia puede esperar un poco más. —Él avanzó despacio y ella continuó indicándole que se acercara—. Ponte aquí —lo instó mientras señalaba el espacio a su lado.
—¿Qué estás pensando? —preguntó Benedict cuando una expresión desconcertada sustituyó a la alegre—. Se suponía que este iba a ser tu retrato.
—Sí —dijo Selina, asintiendo—. Pero a ti siempre te gusta que los cuadros cuenten una historia. —Miró hacia el maestro Francois—. Por favor, incluya a mi esposo en la pintura. Deseo que este retrato no solo nos inmortalice a mí y a mi hijo, sino que muestre a toda nuestra feliz familia.
Benedict le pasó un brazo por la espalda y se estrechó contra ella. Después, posó con ternura la otra mano en la parte superior de su vientre. —Lo has conseguido, Selina. Por fin dominas el arte de vivir una vida inspirada y guiada por tus valores morales.
—Bueno —susurró ella—, tuve un maestro excelente. —Se miraron a los ojos durante un largo instante y Selina sintió cómo la felicidad fluía entre ambos hasta envolverlos por completo.
—No os mováis —los llamó el maestro Francois—. Así está perfecto.
—Lo sé —murmuró Selina, sin apartar la mirada de los ojos de su esposo, concentrada únicamente en aquel momento y en lo muchísimo que lo amaba.
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