En Busca De Su Duque Extra Escena

Un año después...
Lucas hizo todo lo posible por ocultar su sonrisa, aunque estaba seguro de que Marcus la vislumbró de todos modos, mientras Clarissa se despedía de Charlotte por tercera vez en apenas unos minutos y volvía a explicarle cómo dormir a Rose si se ponía especialmente inquieta.
Por fin, la otra pareja se marchó, y él ni siquiera intentó disimular su sonrisa al oír suspirar a su esposa ahora que sus amigos se habían ido. Sin embargo, cuando Charlotte advirtió su expresión divertida, alzó la vista hacia él con el ceño fruncido por el cansancio.
—Por mucho que agradezca los consejos que me da Clarissa, sí que desearía que no se extendiese tanto con ellos —se quejó, aunque Lucas observó que apenas había verdadera irritación en su expresión o en su voz.
Alargó los brazos para estrecharla contra sí y señaló:
—Sabes que, si Rose hubiera nacido primero, probablemente serías tan insistente como Clarissa con estas cosas, ¿verdad?
—Que Jonathan tenga ya dos meses no la convierte en una experta en el cuidado de recién nacidos —replicó ella.
Charlotte puso las manos sobre los brazos de Lucas para mantenerlos alrededor de ella mientras se acercaba al lugar donde la pequeña Rose, muy despierta, agitaba torpemente los brazos desde lo que Charlotte llamaba en broma su nidito junto al sofá.
Ambos contemplaron a su hija con amor durante un largo instante, hasta que Lucas oyó susurrar a Charlotte:
—Cuesta creer que ya tenga tres días.
Él asintió, seguro de que su esposa percibiría el movimiento, aunque ninguno de los dos apartó la mirada de Rose. Ambos alargaron una mano y, mientras Charlotte jugaba con delicadeza con la manita, Lucas acarició con idéntico cuidado la suave cabecita.
—No me extraña que Clarissa pareciera un poco distraída después de tener a Jonathan, aunque tratase de fingir que sus pensamientos se desviaban solo por lo cansada que estaba —dijo Charlotte con una sonrisa divertida tras unos minutos de silencio.
—Puedo entenderlo, aunque, para ser justos, su parto fue más largo y difícil que el tuyo —le recordó él mientras depositaba un beso ligero sobre la piel de su cuello, recordando con gratitud cuánto se había preocupado tras haber presenciado hacía tan poco lo duro que podía ser un parto mientras esperaba junto a su amigo.
—Cierto, pero no me cabe duda de que ella considera que todas las dificultades merecieron la pena —dijo, volviéndose hacia él—. Solo desearía que Rose hubiera sido un niño o Jonathan una niña, para que pudieran crecer siendo los mejores amigos. No es que crea que no puedan ser amigos tal como están las cosas, pero sería más probable que entablasen y conservaran una amistad si fueran del mismo sexo.
—Bueno, supongo que tendremos que ponerle remedio, ¿no? Tú y yo sencillamente debemos tener un niño lo antes posible, mientras Marcus y Clarissa tienen una niña —bromeó él cuando ambos se sentaron en el sofá, junto a su hija.
A juzgar por su expresión, Charlotte no le encontró la menor gracia. Y lo confirmó aún más al decirle con sequedad:
—Si quieres un hijo tan pronto, busca la forma de darlo a luz tú mismo.
Él se echó a reír y contestó en tono juguetón:
—En ese caso, creo que preferiría esperar.
—Eso pensaba —respondió ella con una sonrisa, recostándose de nuevo contra él.
Lucas dejó vagar sus pensamientos por los meses anteriores. Sus padres se habían mostrado encantados ante la idea de convertirse en abuelos, y hasta la madrastra de Charlotte parecía entusiasmada con la noticia —aunque afirmase que no le agradaba que le recordaran su edad—, a juzgar por el hecho de que Lilian les había comprado juguetes para el bebé casi de inmediato.
Sin embargo, mientras que los padres de Lucas ya habían visto y colmado de arrumacos a la recién llegada, Lilian se había mostrado inflexible en que estaría encantada de conocer a Rose cuando la niña fuera lo bastante mayor para sonreír, pero ni un momento antes, pues no tenía el menor deseo de estar cerca de un bebé que podía ponerse a chillar.
Lucas no podía decir que le molestara en absoluto su ausencia, pues aún distaban mucho de tener una relación estrecha. Pero se alegraba de que, al menos, su suegra no hubiera causado ningún problema entre Charlotte y él desde que les dio su bendición.
—Oh —exclamó Charlotte en voz baja en aquel momento, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos.
Lucas la miró, distraído durante un instante por la belleza de su dulce sonrisa, y solo entonces advirtió que su hija se había quedado profundamente dormida. Sintió que una tierna sonrisa aparecía de inmediato en su propio rostro mientras se levantaba y se acercaba para arrodillarse junto a Rose.
Cogió a su hija con toda la delicadeza de la que fue capaz y se la entregó con cuidado a Charlotte, que ya estaba a su lado y extendía los brazos para recibir a la niña y envolverla en una manta.
Aunque ya había contemplado aquella escena varias veces, Lucas no podía apartar la mirada mientras veía al amor de su vida cuidar de su pequeña con tanta ternura y cariño. Cuando Charlotte terminó, ambos se encaminaron hacia el cuarto infantil para acostar a Rose en su cuna.
—¿Sabes una cosa? —le preguntó él al cabo de un instante, cuando se acercaban a su destino.
—¿Qué? —preguntó Charlotte sin apartar la mirada de su hombro, donde su hija ya se había vuelto a quedar dormida.
—Esta es la primera vez que estamos solos para acostarla —señaló, recordando que la comadrona había estado allí la primera noche y que, la segunda, Clarissa había insistido en ayudar por ser la madrina.
—Mmm, tienes razón —murmuró su esposa pensativa, apenas en un susurro para no despertar a Rose. Entonces alzó la vista hacia él y preguntó—: ¿Quieres acostarla tú esta noche? No me importará esperar un día más.
—No —le dijo él, negando con la cabeza mientras mantenía la mirada fija en las dos personas más importantes de su vida—. Quiero que lo hagas tú esta noche; de todos modos, hay algo que deseo ir a buscar ahora mismo.
Ella lo miró con curiosidad, pero asintió con suavidad mientras empezaba a mover los brazos tan despacio y con tanto cuidado como podía para que Rose no se despertara al dejarla en la cuna.
Aparte de mover ligeramente los brazos y arrugar la carita, la niña tenía demasiado sueño para despertarse del todo, y el corazón de Lucas volvió a derretirse aquel día al oír el suave suspiro de su pequeña cuando se acomodó de nuevo.
Mientras Charlotte arropaba a su pequeña Rose en la cuna y se aseguraba de que estuviera perfectamente cómoda, Lucas salió un momento del cuarto y regresó enseguida con el libro que había comprado anticipándose precisamente a aquella ocasión.
Sonriendo al imaginar cómo reaccionaría su esposa, no tardó en sentarse en el sillón junto a la cuna, justo cuando Charlotte acababa de arropar a Rose a su entera satisfacción.
Cuando ella se volvió a mirarlo con curiosidad y su expresión le preguntó qué había estado haciendo, él levantó el libro con una mano para que pudiera verlo y, al mismo tiempo, le rodeó la cintura con el otro brazo para sentarla en su regazo.
Charlotte se acomodó de buen grado mientras tomaba el libro de sus manos y, cuando vio de qué se trataba, se volvió hacia él, encantada, y le preguntó:
—¿Cuándo lo compraste?
—Antes de que naciera Rose, pero después de que me dijeras que íbamos a tener un bebé —le contó él con una sonrisa—. Pensé que te gustaría que tuviera su propio ejemplar, pues sé cuánto aprecias el tuyo.
—Me encanta —le aseguró mientras estrechaba contra el pecho el nuevo volumen de los Cuentos de los hermanos Grimm—. Ha sido muy considerado por tu parte. ¿Crees que deberíamos empezar ahora?
—Bueno, es un poco pequeña para poder entenderlo o apreciarlo —señaló él mientras ambos contemplaban a su hija de tres días. Volvió la mirada hacia su esposa y añadió en tono burlón—: Aunque supongo que no nos hará ningún daño empezar a adquirir la costumbre. ¿Quieres leerlo tú?
Ella pareció reflexionar durante un instante antes de sonreír y negar con la cabeza mientras se acomodaba más atrás y más profundamente en su regazo.
—Creo que tú deberías leer las partes del narrador, mientras yo pongo las distintas voces. Mañana por la noche podemos intercambiarnos los papeles y seguir turnándonos hasta que ella tenga edad suficiente para decirnos qué forma prefiere. Pero te advierto que, para cuando sea tan mayor, lo haré muchísimo mejor que tú y siempre querrá que sea yo quien ponga las voces.
Lucas resopló, fingiendo sentirse ofendido por aquel desafío juguetón, y abrió el libro por el comienzo del primer cuento mientras respondía en el mismo tono:
—Bueno, eso dices ahora, pero te aseguro que ocurrirá justo al revés.
Ella soltó una risita y entonces comenzaron. A Lucas no le sorprendió en absoluto que un cuento se convirtiera en dos y después en tres. Sin embargo, aquello no le molestó lo más mínimo. De hecho, solo sirvió para recordarle lo absolutamente perfecta que le parecía su vida en aquel instante, como si fuera un cuento de hadas.
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