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La Escritora Secreta Del Duque Extra Escena

La Escritora Secreta Del Duque Extra Escena

Maeve

Dos años después

—¿Recuerdas la última vez que hubo tanto ajetreo en la casa? —preguntó Maeve, sacudiendo la cabeza con perplejidad mientras miraba de un lado a otro.

—Precisamente estaba intentando recordar la última vez que vi tan agobiada a la pobre señora Manvers —dijo Benjamin a su lado con una risita—. La pobre ama de llaves acabará enfermando. Mírala.

Maeve paseó la mirada por los sirvientes que se apresuraban de un lado a otro, hasta detenerla en la pobre ama de llaves. La anciana se había tirado tantas veces de la cofia blanca que llevaba en la cabeza que ahora la tenía torcida.

—Cielos, tendrá que enderezarse esa cofia antes de la boda —dijo Maeve entre risitas, y volvió a mirar a su alrededor.

—¡Gente! —exclamó un niño señalando a la multitud.

—Sí, gente, cariño. Maeve rio y miró al niño que Benjamin sostenía en brazos. Era el vivo retrato de su padre en muchos aspectos, con el mismo cabello rubio y las mismas facciones angulosas que Benjamin. Sin embargo, los ojos eran los de Maeve, y verlos brillar mientras contemplaba a todos los criados corretear por el vestíbulo y las escaleras le hizo sonreír.

—Está aprendiendo más palabras —dijo Benjamin, señalando a su hijo—. Mira. Le hizo cosquillas al niño, que enseguida soltó un chillido y se retorció entre sus brazos.

—¡No! —gritó.

—¡Ja! Una palabra muy importante que aprender. Muy bien, Nathan. Maeve alzó la mano y besó a su pequeño en la frente cuando este volvió a quedarse quieto en brazos de Benjamin.

Nathan se relajó de inmediato. Llamado así en honor del antiguo seudónimo de Maeve, Nathan no dejaba de demostrar lo travieso que podía ser pese a que apenas sabía andar. Cuando no se retorcía en brazos de Benjamin, correteaba por la casa y se escondía de Maeve o de la pobre señora Manvers.

Nathan pareció adormilarse. Cerró los ojos con un bostezo y apoyó la cabeza en el hombro de Benjamin.

—Me gustan estos momentos —susurró Benjamin para que solo Maeve pudiera oírlo.

—¿Por qué? ¿Porque no nos hace ir de cabeza? —bromeó Maeve mientras apartaba el cabello de la frente de su hijo y volvía a bajar la mano para dejarlo dormitar.

—Tal vez —dijo Benjamin—. O quizá porque sé que aquí está a salvo. Dedicó a su hijo una sonrisa tan llena de adoración que Maeve se sintió más dichosa de lo que jamás había creído posible.

Desde que Nathan había llegado a sus vidas, las cosas habían cambiado, pero para mejor. Benjamin y Maeve ya habían sido felices, pero la llegada de Nathan había colmado de dicha sus vidas. Poco importaba el pánico que habían pasado el día en que se escondió tanto tiempo bajo una levita junto al perchero que llegaron a temer haberlo perdido.

—Quizá duerma durante toda la ceremonia —susurró Maeve, mirando a su hijo.

—Tal vez sea lo mejor —convino Benjamin—. Después podría bajar para el desayuno de bodas.

—Eso podría funcionar. Maeve asintió con aprobación. —Si es que llega a haber desayuno de bodas. La pobre señora Manvers parece dispuesta a estrangular al mayordomo. Maeve señaló a la señora Manvers, que gesticulaba ante el mayordomo, quien sostenía de manera bastante precaria una bandeja llena de cubiertos de plata.

—La verdad es que sí. Ese podría ser tu próximo libro: el sangriento relato de quién mató al mayordomo —dijo Benjamin con voz misteriosa, haciendo reír a Maeve.

—Necesito descansar de la escritura, aunque solo sea durante un tiempo. Sonrió ante la idea y volvió a mirar a Nathan. Los dos últimos años habían sido muy fructíferos, pues sus libros se vendían con rapidez, para alegría tanto de Benjamin como de ella misma. Sin embargo, por el momento deseaba tomarse un respiro para estar con Nathan. Volvería a empuñar la pluma dentro de un tiempo, pero ahora se sentía satisfecha dedicándose a su familia.

Son momentos preciosos. No quiero perdérmelos.

Como si quisiera subrayar sus palabras, su hijo se removió en brazos de su padre y bostezó antes de esconder el rostro en el hueco del cuello de Benjamin. Este sonrió y estrechó al niño con algo más de fuerza.

—Después de todo, puede que venga a la ceremonia —le susurró Benjamin—. Porque no creo que sea capaz de soltarlo.

—Tendrás que hacerlo.

—Me gusta tenerlo aquí.

—Y a nosotros dos también. Maeve rodeó a Benjamin y lo besó en la mejilla para no molestar a su hijo. Benjamin se movió al mismo tiempo y evitó que se apartara por completo al besarla en los labios.

Maeve se abandonó a su contacto, feliz de permanecer justo donde estaba y recrearse en la sensación de su beso. La recorrió la misma emoción que experimentaba siempre que Benjamin la besaba. Cuando él se apartó, su sonrisa se ensanchó.

—Por lo que veo, tú tampoco tienes demasiada prisa por acudir a tu puesto. La provocó, haciendo que se irguiera.

—Ha sido culpa tuya por besarme. Pero tienes razón: ahora debo estar al lado de alguien.

—Muy bien, vete corriendo. Tendré que guardar mis besos para después.

—Ay, no me tientes a quedarme —gimió Maeve mientras se encaminaba hacia la escalera—. Además, tú también tienes tus propias tareas que atender. ¿No prometiste supervisar el desayuno de bodas? Y pronto tienes que estar en la capilla.

—Qué lástima. Eso significa que tendré que soltar a Nathan. Benjamin inclinó la cabeza para besar a su hijo en la frente y después suspiró con resignación. —En fin, habrá que hacerlo. Tal vez me lo lleve conmigo. Se alejó para ver cómo se encontraba la señora Manvers sin dejar de llevar a Nathan en brazos.

—¡Benjamin! —lo llamó Maeve entre risas, planteándose detenerlo; pero él volvió la cabeza hacia ella con una sonrisa triunfal mientras se marchaba, dejando claro que no tenía intención de separarse de Nathan.

Maeve subió las escaleras. Al principio avanzó despacio, pero, cuando oyó a lo lejos las campanadas de un reloj que anunciaban que había llegado la hora, comenzó a apresurarse. Cerca de lo alto de la escalera, empezó a subir los peldaños de dos en dos.

Cuando llegó a la habitación destinada a la novia, llamó con impaciencia y apenas se detuvo a esperar respuesta.

—¡Santo cielo, como sigas así, echarás abajo la puerta! Será mejor que entres en vez de continuar aporreándola. La inconfundible voz de Chloe la invitó a pasar.

Maeve entró deprisa y cerró la puerta tras ella antes de centrar toda su atención en Chloe.

—Oh, Chloe. Estás deslumbrante.

—¿Tú crees? Chloe estaba visiblemente nerviosa. Ni siquiera era capaz de sostener la mirada de Maeve, tan ocupada estaba contemplándose en el espejo. —Nunca había confeccionado un vestido como este. ¿Crees que le gustará?

—Si te refieres a tu futuro marido, sí, estoy segura de que le encantará. Maeve sonrió y cruzó la habitación para situarse detrás de Chloe. —Aunque, si quieres mi opinión, se casaría contigo incluso si aparecieras vestida con harapos, ¡cuánto más luciendo esta maravilla! Maeve señaló el vestido para reforzar sus palabras.

Era de color dorado y crema, con un brocado brillante sobre el pecho, bordado con hilo de oro, y la falda descendía hasta el suelo en largas capas resplandecientes de gasa color crema. Era perfecto y parecía centellear bajo la luz del sol que entraba por la ventana.

—Ay, ¿por qué estoy tan nerviosa? —dijo Chloe mientras intentaba alisar arrugas inexistentes en la falda de su vestido.

—Porque vas a casarte. Es natural sentirse así, incluso cuando confías plenamente en tu futuro esposo. Ahora dame las manos antes de que acabes arrugándote la falda con tanto manosearla. Maeve tomó las manos de su amiga entre las suyas e instó a Chloe a dejar de moverse con tanta inquietud.

—Me da miedo desmayarme en medio del pasillo, Maeve. Santo cielo, ¿qué sucederá si me ocurre? Chloe abrió mucho los ojos. —Dios mío, podría pasar. Podría desmayarme en mitad de mi boda, allí mismo, en el pasillo. Hace muchísimo calor hoy, ¿verdad? —dijo Chloe, soltando una mano para tirar del escote de su vestido.

—Cálmate, solo son los nervios. Maeve tiró de la mano de su amiga para captar su atención. —Ten por seguro que no te desmayarás y, si lo haces, tu futuro marido tendrá que correr a recogerte.

—¿Crees que llegaría a tiempo?

—Averigüémoslo. Maeve comenzó a conducir con suavidad a Chloe hacia la puerta.

—¡Esa no era la respuesta que esperaba! Chloe rio, aunque la siguió de todos modos y tan solo se detuvo el tiempo suficiente para recoger su ramo de la mesa. —Muy bien, estoy preparada.

—Bien. Confía en mí, Chloe, todo saldrá bien. Maeve la hizo salir de la habitación al pasillo. —Es natural estar nerviosa. Si te ocurre lo mismo que a mí, en cuanto veas al novio todos tus temores desaparecerán, porque en ese momento solo existiréis vosotros dos. Maeve advirtió que sus palabras habían surtido cierto efecto, pues Chloe respiró hondo mientras recorrían juntas el pasillo.

—Sí, estoy segura de que tienes razón. Ay, ahora mismo solo deseo estar con él.

—Muy pronto lo estarás. Maeve enlazó su brazo con el de Chloe y la acompañó escaleras abajo.

Cuando llegaron al vestíbulo, Maeve pudo ver cuánto había cambiado todo durante su breve ausencia. La mayoría de los sirvientes se encontraba ahora en el comedor y, a través de las puertas abiertas, las vio apresurarse de un lado a otro con cubiertos de plata y copas de cristal. Junto a la puerta principal estaba Benjamin, ya sin Nathan en brazos y dispuesto para marcharse, con una flor en el ojal. Frente a él esperaba el barón Maywood a que llegara su hija.

—Ah, Chloe —dijo al volverse hacia ella con la voz algo entrecortada—. En este momento me recuerdas muchísimo a tu madre.

—¿De veras? —preguntó Chloe, encantada y no menos emocionada, mientras soltaba el brazo de Maeve y corría junto a su padre.

—Muchísimo. Él entrelazó el brazo de su hija con el suyo. —Ven. Sé que ella estaría tan emocionada como yo de verte contraer matrimonio. Jamás había visto una sonrisa semejante en tu rostro. Cuando el barón Maywood condujo a su hija hacia el carruaje que los aguardaba, Maeve se volvió hacia Benjamin.

Él la esperaba con una expresión tan feliz como la de Chloe.

—Estaba recordando el día de nuestra boda —murmuró, ofreciéndole la mano a Maeve. Ella la aceptó de buena gana y se acercó más a él.

—¿Qué parte? ¿Los nervios? ¿La emoción? ¿O el momento en que Leo estuvo a punto de dejar caer el anillo?

—Sí, el anillo podría haberse perdido para siempre antes siquiera de acercarse a tu dedo. Benjamin rio con ganas y alzó entre ambos la mano de Maeve, donde lucía el anillo. Le dio la vuelta y le besó la palma de una forma tan íntima que Maeve se mordió el labio, tratando de contener la emoción que sus besos siempre despertaban en ella. —Hoy es el turno de otra pareja. ¿Vamos? Benjamin se ofreció a acompañarla escaleras abajo.

—¡Vamos! —dijo Maeve con entusiasmo—. Y esperemos que Leo tampoco sufra hoy ningún percance que arruine esta ceremonia. ¿Te imaginas qué dirá Chloe si se cae de bruces?

—Me estremezco con solo pensarlo. Benjamin rio mientras se acercaban a su carruaje, que los esperaba delante del de la novia. Ambos vehículos y sus tiros de caballos estaban engalanados con cintas blancas para celebrar aquel día.

Cuando Maeve subió al carruaje y volvió la mirada para ver a su amiga sentada en el pescante descubierto del faetón, sonrió satisfecha. No había sabido que fuera posible sentir la felicidad a la que se había acostumbrado en aquellos últimos tiempos. Pero, de haberlo sabido, estaba segura de que habría corrido al encuentro de aquel momento.

Si hubiera podido regresar al instante en que su padre se ofreció por primera vez a enviarla a Londres con Chloe, Maeve se habría puesto en pie y habría ido a hacer las maletas allí mismo.

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