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La Modista De La Duquesa Extra Escena

La Modista De La Duquesa Extra Escena

Chloe

Cinco años después

—Oh, esto es tan engorroso... —murmuró Chloe mientras trataba de pasar la aguja por las costuras de la tela y se pinchaba un dedo al hacerlo. Haciendo una mueca, sacudió la mano y alcanzó un dedal de plata que tenía cerca, colocándoselo apresuradamente.

El vestido era algo más pequeño de lo que estaba acostumbrada a confeccionar, pero aquel día estaba decidida a trabajar en esos vestiditos, por diminutos y difíciles que fueran de hacer.

—¡Mamá! —gritó una voz, haciendo que Chloe alzara la vista. Chloe dejó la tela en la que estaba trabajando al ver dos rostros supuestamente inocentes que la miraban.

—¿Qué ha pasado, Susannah? —preguntó Chloe con tono ligero mientras cruzaba la habitación hacia sus dos hijas. Estaban sentadas juntas sobre una alfombra, jugando con muñecas de porcelana y, al parecer, peleándose por una en particular.

—Esta es mía. Es mi favorita —dijo Susannah. Como era la mayor de las dos, su capacidad para hablar había avanzado mucho durante el último año. Le arrebató la muñeca de las manos a su hermana pequeña y alisó el diminuto vestido blanco que llevaba puesto—. Mía.

La más pequeña comenzó a llorar a lágrima viva.

—Oh, Susannah, mira lo que le has hecho a tu hermana —dijo Chloe mientras alcanzaba a la menor de sus hijas. Peggy apenas tenía edad para mantenerse sentada y sostener un juguete que le pusieran en las manos. Como todavía no era capaz de expresar claramente sus sentimientos, recurría al llanto—. Ven aquí, Peggy. Chloe levantó a su hija pequeña en brazos y la distrajo de sus lágrimas besándola sonoramente en la mejilla. El primer beso no logró calmar mucho su llanto, pero el segundo Chloe lo hizo deliberadamente ruidoso, haciendo que la bebé dejara de llorar y soltara una risita.

—Así, mucho mejor. —Chloe se volvió para que Peggy pudiera sentarse en su regazo—. Susannah, ¿no quieres compartir con tu hermana? Hay juguetes de sobra para las dos.

—Eh... —Susannah parecía indecisa mientras volvía a juguetear con el vestido de la muñeca—. Puede estropear el vestido. ¡Lo agarra todo y lo rompe!

—Tú también lo hacías a su edad —le recordó Chloe a Susannah, haciendo que la niña arrugara la nariz y rechazara la idea de inmediato—. No temas. Si rompe el vestido, simplemente te haré otro. Vamos, tenemos que aprender a compartir. ¿Sí? Al oír las palabras de Chloe, Susannah avanzó de rodillas.

Dejó la muñeca sobre la alfombra entre ambas y se la ofreció a su hermana pequeña, aunque seguía claramente recelosa. Peggy la tomó encantada y la alzó en el aire, moviéndola de un lado a otro y zumbando entre los labios como si fuera un abejorro.

—¡No es una abeja! —gritó Susannah, tratando de recuperar la muñeca.

Chloe no pudo contener la risa ante la forma juguetona en que Susannah intentaba recuperar la muñeca. Una mirada severa de Chloe bastó para que Susannah desistiera. Se sentó tranquilamente junto a su hermana y, cuando la muñeca volvía a parar en sus manos, le alisaba de nuevo el vestido.

Chloe sonrió mientras observaba juntas a sus hijas. A veces podían ser traviesas, pero las amaba profundamente, más de lo que jamás había creído posible amar a otra persona. Ahora que su tienda prosperaba tanto gracias a sus diseños y a sus costureras, tenía más tiempo para pasarlo con sus hijas, y aquello la llenaba de felicidad.

Al menos una vez por semana iba a la tienda durante un día, a veces dos, y se aseguraba de llevar con ella a Susannah y a Peggy. Las niñas no solo recibían mimos de las costureras y de las clientas, sino que Chloe ya podía ver cómo se iluminaban los ojos de Susannah al entrar en la tienda. Corría de un lado a otro, admirando todas las sedas, como otro niño admiraría una confitería.

Inclinándose, Chloe besó a sus hijas en la frente, se puso en pie y regresó a su silla, al otro lado de la habitación, para retomar los vestiditos. Sin embargo, sus ojos nunca se apartaban mucho de sus hijas, y su mirada volvía una y otra vez hacia ellas.

Las dos niñas eran una perfecta mezcla de su madre y su padre. Susannah tenía el pelo oscuro de Chloe, mientras que Peggy ya mostraba indicios del cabello castaño más claro de Leo. Susannah también tenía los ojos verdes de Chloe, y Peggy los ojos más oscuros que Chloe había contemplado tantas veces en el rostro de Leo.

Chloe estaba tan ocupada admirando a sus hijas mientras jugaban juntas que volvió a pincharse con la aguja.

—Oh, son tan pequeños que resulta dificilísimo trabajar en ellos —se quejó, mirando la tela.

No le quedaba mucho para terminar los nuevos vestidos de sus hijas, pues se estaban preparando para una cena en casa de Maeve al final de la semana. Maeve y Benjamin ofrecían una cena de cumpleaños para su hijo mayor, Nathan. Chloe estaba bastante segura de no haber visto jamás a un niño tan emocionado ante la perspectiva de su propio cumpleaños. A menudo corría por toda la casa, armando jaleo, y chocaba con tantas cosas que Maeve empezaba a pensar que quizá habría salido a su tío y tendría una naturaleza bastante torpe.

Sus dos hermanos pequeños, en cambio, sin duda habían heredado una vena traviesa que Benjamin insistía en que les venía de su madre. Los gemelos, Jeremy y Maxwell, tenían la costumbre de hacer trastadas capaces de burlar a sus padres, incluso a su corta edad. Chloe sonrió al recordar la última vez que los habían visitado y había visto a los gemelos esconder ranas en el comedor, para enorme espanto de Maeve.

Susannah no había dejado de reír cuando las ranas saltaron a la mesa del comedor, mientras que Peggy había llorado ante la confusión y los gritos de Maeve.

—Algo te ha hecho sonreír. —Una voz profunda hizo que Chloe interrumpiera su labor y alzara la vista hacia la puerta. Cuando sus ojos encontraron los de Leo, su sonrisa se ensanchó—. Ah, esa sí que es una sonrisa de verdad.

Él entró en la habitación con los ojos tan fijos en ella que no vio la otra muñeca de porcelana que tenía en el suelo, en su camino.

—¡La muñeca! —dijo Chloe deprisa, señalando con una mano la muñeca que había en el suelo. Leo consiguió esquivarla por muy poco, levantando el pie con facilidad y pasando por encima de ella.

—Os empeñáis en dejar obstáculos con los que tropezar por todas partes.

—Discútelo con nuestras hijas —declaró Chloe entre risas—. Tienen la habilidad de pelearse por la misma muñeca y dejar las demás desperdigadas por ahí. Cuando Leo se sentó junto a Chloe, ella se apoyó de inmediato en él, feliz por su regreso—. ¿Qué tal el trabajo?

—Atareado, pero me alegro de estar en casa. —Leo posó la mano sobre la de ella. Chloe agradeció la distracción e interrumpió su trabajo con los vestidos para tomar la mano de su marido.

Lo amaba profundamente, y los últimos cinco años de matrimonio le habían demostrado lo felices que podían ser juntos. A juzgar por la sonrisa en sus labios, él pensaba lo mismo. Leo levantó la mano de Chloe entre ambos y besó su dorso antes de mirar hacia donde Susannah y Peggy jugaban juntas.

—No estoy seguro de que estos aposentos sean ya lo bastante grandes —observó Leo, señalando todos los juguetes desperdigados por la habitación.

—Parece que les gusta ponerlo todo patas arriba.

—Eso ya lo había notado —dijo Leo divertido, recostándose en la silla mientras jugaba con la mano de Chloe entre las suyas—. ¿Te imaginas cuando sean mayores? Armarán el doble de desorden. Peggy ni siquiera anda todavía.

—Oh, ya lo sé. Cuando empiece a andar, me imagino que no dejará de correr detrás de Susannah, por mucho desorden que Susannah vaya dejando a su paso. —Las palabras de Chloe hicieron reír a Leo mientras observaba jugar a sus hijas.

—Quizá deberíamos buscar un nuevo hogar. Una casa. Un lugar un poco más grande.

—¿Más grande? —repitió Chloe. La idea le gustaba bastante, pero podía ver que había más de lo que parecía a simple vista. Leo tenía una sonrisa burlona en los labios, como si estuviera pensando en otra cosa, un pensamiento que aún no había expresado en voz alta—. ¿Y por qué más necesitaríamos una casa más grande? —preguntó Chloe, volviéndose por completo hacia él en la silla.

—¿Yo, tener un motivo oculto? —preguntó Leo con inocencia.

—Tienes la misma expresión que Susannah cuando ha robado uno de los juguetes y lo ha escondido debajo de su cama. —Las palabras de Chloe hicieron que Leo volviera a reír, echando la cabeza hacia atrás.

—¿Así que ha salido a mí?

—¡Muchísimo! —convino Chloe—. Entonces, ¿qué otro motivo tienes?

—Está bien, ya que quieres saberlo... —Leo hizo una pausa y volvió a tomar la mano de Chloe. Apartó sus dedos de la aguja y el hilo, jugando con ellos hasta que captó toda su atención. Chloe estaba ya completamente distraída de su trabajo, pensando solo en aquel contacto—. No puedo evitar pensar que un lugar más grande nos iría bien a todos. Las niñas podrían tener sus propios cuartos y también tendríamos habitaciones de sobra.

—¿Para invitados? —preguntó Chloe, sorprendida—. A mi padre le gustaría eso. Le encantaría venir a ver más a las niñas.

—¿Más? ¡Ja! ¡Si viene casi todos los meses!

—Tiene mucho cariño a sus nietas —señaló Chloe, haciendo reír a Leo.

—Eso ya lo había notado, con todos los regalos que no deja de traerles. —Leo hizo un gesto hacia las muñecas que había por toda la habitación—. Mis padres ya envían bastantes, pero ¿tu padre? ¡Es un milagro que a las niñas les dé tiempo a jugar con todos!

—No te preocupes, Susannah se asegurará de que lo hagan. —Al oír las palabras de Chloe, Susannah alcanzó otra muñeca que tenía detrás y de la que se había olvidado por completo, y se la tendió a Peggy para que jugara con ella. Cuando Peggy volvió a hacer aquel zumbido, Susannah se irritó más que un poco.

—Pensaba que nos vendría bien una habitación extra por un motivo completamente distinto —susurró Leo, acercándose un poco más a Chloe.

—¿Ah, sí? Continúa —lo animó Chloe.

—Quiero a nuestras hijas, Chloe. Muchísimo. —La voz de Leo era suave mientras hablaba. Sus ojos descansaban en Susannah y Peggy, al otro lado de la habitación, sin apartarse de ellas ni una vez—. No puedo evitar pensar que otro hijo aumentaría aún más nuestra felicidad.

—¿Otro? —dijo Chloe, sorprendida—. ¿Quieres otro hijo?

—Quizá. —Leo sonrió, posando los ojos en Chloe y esperando claramente su reacción—. ¿Qué piensas?

—Me parece una idea excelente.

—¿De veras? —Leo se inclinó hacia delante, claramente emocionado por sus palabras.

—Sin duda, porque hay algo que tengo que decirte. —Chloe apartó deliberadamente el vestido de su hija y tomó la mano de Leo. Jugó con ella durante un momento, tal como él había hecho con la suya, y después la posó sobre su vientre—. No tendrás que esperar mucho para que llegue ese niño, Leo.

—¿De verdad? —susurró Leo, con una sonrisa que se ensanchó de manera imposible mientras la miraba fijamente.

—No puedo garantizar que esta vez sea un niño... —¡Mmm! Chloe no logró terminar la frase, porque Leo la besó deprisa, haciéndola reír y apartarse de sus labios—. ¡Eso sí que te ha hecho feliz!

—Lo amaré, sea quien sea. —Leo la atrajo hacia otro beso. Chloe se perdió en aquella sensación durante un momento, pensando solo en Leo y en el nuevo hijo que iba a unirse a ellos. Sin embargo, aquel pensamiento pronto se vio interrumpido por Susannah, al otro lado de la habitación.

—¡Puaj! —exclamó Susannah en voz alta, señalándolos para que se separaran.

Leo rio y besó rápidamente a Chloe mientras se acomodaban en la silla. Chloe sonrió, recordando la primera vez que había conocido a Leo.

Supuso que no debía de ser mucho mayor de lo que Susannah era entonces. Maeve y ella habían empezado a jugar juntas en los jardines, como vecinas y amigas. Imaginaba que, a la edad de Susannah, ella también habría hecho ruidos de disgusto al pensar en el matrimonio o en algo parecido.

¡Si entonces hubiera sabido cuánta felicidad me esperaba!

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